Punto de inflexión

Más de 60 millones de docentes y 1.5 billones de alumnos y alumnas en todo el mundo por el impacto de la pandemia COVID 19, se vieron obligados a permanecer en sus hogares interrumpiendo todo vínculo educativo como nunca antes en la historia de la humanidad.
En estos momentos de lenta recuperación del flujo de todos los sistemas educativos, tras un alto impacto en la interrupción de las clases en todo el mundo, -especialmente en nuestro país-, todos quienes están inmersos en el ecosistema educativo sienten el agotamiento de lo vivido, la certeza de lo perdido, la incertidumbre de lo que viene y algunos, sentimos la ilusión de la oportunidad.
Sin dudas la prioridad en el “build back better” (reconstruir mejor ) que todos los sistemas educativos del mundo están llevando adelante, las luces de máxima atención están puestas en recuperar a los niños, niñas, jóvenes y sus familias lo mejor que se pueda para poder reintegrarlos a lo que constituye un derecho humano: su educación. Pero como hablar de educación es hablar de todo y específicamente de nada, prefiero hablar de aprendizaje.
Todo los esfuerzos por reactivar los lazos y vínculos pedagógicos deberían tener como máxima prioridad, recuperar el aprendizaje y planificar hacia adelante cuáles son aquellos saberes básicos, capacidades y competencias; habilidades y valores que vamos a trabajar con los estudiantes.
Estamos frente a un punto de inflexión. Que implica una demanda extrema y una oportunidad maravillosa. La demanda es moral y social para con cada niño y niña y joven que en la pandemia perdió estudios, saberes, aprendizajes necesarios para su trayectoria escolar y perdió además algo extremadamente delicado: perdió el vínculo con la escuela, con sus pares pero también consigo misma/o y su bienestar emocional se vio altamente dañado. Todo esto representa una dimensión obligada a trabajar en toda agenda educativa a nivel macro política y a nivel aula.
La oportunidad maravillosa es la de aprender de todo esto y no desaprovechar los cambios que iniciaron su expansión. Estamos llamados a transitar un cambio, a abrazar la innovación, a descartar todo aquello que esta pandemia nos puso de manifiesto que ya cumplió un ciclo y debe dejar lugar a otras formas de hacer y ser docente, alumno/a , directora, supervisora, inspectora, lo que nos toque. Porque nada puede volver a ser tal como lo fue. Y esta oportunidad de cambiar nos invita a abrazar la incertidumbre, la flexibilidad, la vulnerabilidad y la humildad para reconocer que necesitamos ayuda cuando la necesitamos.
Los sistemas educativos como nunca antes han avanzado en aceptar la necesidad de modificar las viejas obsoletas estructuras que no generan equidad, matan la creatividad y dejan cientos de miles de jóvenes en el medio del camino de su escolaridad y puente hacia su mejor futuro. Sin aprendizaje no existe el progreso personal ni social. Y eso empieza en el sistema educativo aunque no es solo responsabilidad de quienes están en educación. También es hora de migrar hacia nuevas formas de hacer y planificar política pública integrando a todas las áreas que tienen injerencia en un tema de alta relevancia como es la educación y el aprendizaje necesario.
Bienvenido futuro. Bienvenido el aprendizaje que logremos. Estamos frente a la oportunidad de transformar las aulas presenciales en nuevos espacios donde lo que suceda allí sea una invitación a trabajar y aprender con el cuerpo, explorando, co creando, debatiendo y analizando soluciones a problemas y proyectos de impacto real en la comunidad.
Que la demanda extrema sea el eje de nuestras agendas de trabajo porque es la responsabilidad de todo sistema educativo. Que la oportunidad maravillosa nos encuentre trabajando unidos, atravesando las rompientes y las tormentas, sabiendo que lo que se está forjando nos permitirá acceder a esa nueva forma de aprender tan urgente como necesaria.

Mercedes Miguel
Columnista.
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