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Educar el carácter: la clave para una educación Integral



Verónica Fernández

Profesora y Directora del Centro de Educación en

Virtudes y Valores, Universidad Francisco de Vitoria. Madrid. España .




En la búsqueda de una educación más significativa y enriquecedora, es fundamental reconocer que la educación del carácter es esencial.


Hablar de carácter es referirse a las disposiciones profundas que conforman nuestra forma de pensar, sentir y actuar. Es un proceso continuo, moldeado por nuestras elecciones, experiencias y relaciones.


La educación del carácter busca que nuestros alumnos no solamente “hagan algo” sino que, sobre todo, lleguen a “ser alguien”.

En la actualidad, la educación se ha visto afectada por un enfoque excesivo en la adquisición de conocimientos técnicos y habilidades académicas, relegando a un segundo plano el cultivo del carácter. Sin embargo, es crucial comprender que solo una educación que integre la formación del mismo puede potenciar el florecimiento personal y social de los estudiantes.


Esta visión tecnicista de la educación ha conducido a una visión del profesor como mero "facilitador" de conocimientos y habilidades, con temor a que este pueda influir o "adoctrinar" a los alumnos, y que no favorece la formación integral de los mismos. Si bien ser un "facilitador" es importante, no es suficiente para expresar la verdadera relevancia del liderazgo docente en la educación y su ser maestro. El rol del profesor no es ni puede ser neutral y debe de intencionalmente orientarse a permitir que los estudiantes florezcan y alcancen una excelencia personal.


Al considerar al docente como un mero "facilitador", se deja de lado la importancia crucial que tiene éste como alguien que tiene algo que dar de sí mismo y como "modelo a seguir" o role-model. Los propios alumnos evidencian que lo que realmente les deja una huella no es solo el conocimiento teórico que aprenden, sino también y sobre todo la capacidad de los maestros para guiarlos en momentos existenciales y de toma de decisiones cruciales, especialmente en momentos de vulnerabilidad o dificultad personal. Son aquellos profesores que han sabido ayudarlos a crecer como personas, los que les ayudan a madurar, los que se convierten en verdaderos líderes educativos.


Hay tres aspectos fundamentales que los alumnos valoran en el docente:

• El modo de estar del docente: resalta la importancia de la relación establecida entre el docente y el estudiante, y cómo el profesor muestra preocupación más allá de lo académico, demostrando interés genuino en el bienestar personal del alumno convirtiéndose en un modelo a seguir.

• En cuanto al modo de hacer, los estudiantes valoran que el docente sea exigente, motive y explique los motivos al enseñar, muestre pasión por lo que hace y lo haga de manera profesional, clara y dinámica en el aula.

• El modo de ser del docente: son las características personales como la alegría, el buen humor, el compromiso, el trabajo duro y responsable, así como una conexión carismática y afectiva.


De entre los tres, el modo de estar es el más valorado. En la vida, nuestras decisiones más importantes a menudo están influenciadas por el deseo de emular a aquellas personas que nos han enseñado a vivir con integridad moral y grandeza.


Los jóvenes se enfrentan a una avalancha de información y de modelos a seguir en un mundo donde las redes sociales e internet ejercen una poderosa influencia, pero necesitan guías seguros que les muestren el camino hacia una vida floreciente y significativa, que les llene de sentido y abra a un horizonte prometedor. Necesitan una educación que les ayude no sólo a hacer cosas sino a saber cómo responder en estas situaciones y a saber cómo ir construyendo una vida en plenitud.


La educación del carácter conlleva la educación en virtudes.

Se trata de entender la virtud en su sentido originario de “fuerza interior capaz de lo mejor”, como aquello que nos ayuda a realizar lo que verdaderamente deseamos. La virtud no es un modo de “corrección exterior”, no es ser perfecto ni pretende ser algo moralizante como se ha entendido lamentablemente. La virtud nos ayuda a construir una vida que merece la pena ser vivida.


Educar en virtudes no es un proceso espontáneo, sino que requiere de una planificación y enfoque intencional. Los docentes, junto con los padres, deben asumir la responsabilidad de guiar a los jóvenes en su desarrollo moral. Esto implica brindarles oportunidades para reflexionar sobre su carácter y cómo pueden contribuir positivamente en la sociedad.


Educar el carácter implica también cultivar el corazón, ya que niños y jóvenes aprenden a través de sus padres, educadores y otros ejemplos a seguir lo que merece ser verdaderamente amado. La falta de énfasis en una vida moral y digna entre la juventud revela que sus figuras de autoridad quizás no han logrado comunicarles la importancia crucial que esto tiene para su propia felicidad y el bienestar de la sociedad en la que viven. Es en este proceso de educar el corazón donde se sientan las bases para una vida plena y enriquecedora tanto a nivel personal como para el conjunto de la comunidad. Educar el carácter es pues vital para formar seres humanos de modo integral. Esta no solo se centra en el aprendizaje académico, sino que abarca también la educación moral de la persona, la educación en virtudes. Es una piedra angular para construir una sociedad más rica y más humana en donde cada persona pueda llegar a una plenitud personal y por ende, a la auténtica felicidad.

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