El poder de mi mirada en la educación: acompañando al alumno

por Sonia González Iglesias, CEO/Fundadora Transformación SGI, para "Miradas de la educación".



El diccionario nos ofrece una doble mirada sobre la palabra educación:

Educ-ere: extraer todo lo que hay ya en la persona

Educ-are: nutrir, alimentar, comunicar, ofrecer posibilidades para que el otro pueda crecer.

Ambas miradas son necesarias para comprender el alcance de la educación y el doble movimiento que se genera en torno a ella, creando una relación entre el formador y el formando. Es en esa relación donde centramos nuestra atención hoy. Nuestra mirada queda atraída por el “nosotros”, en una relación educativa que va más allá de transmitir conocimientos, aun siendo muy importante esta faceta. Ciertamente que cada una de las asignaturas que se imparten son importantes, son un campo de juego común para aprender, pero sabemos que hay mucho más que eso. Los conocimientos y aprendizajes se entretejen con todo lo que sucede entre el tú y yo. Y es en ese entre, donde nuestra mirada tiene un impacto muy significativo.


«El docente, de este modo, está llamado a acompañar a la persona para que sea quien está llamada a ser. No se trata, pues, de hacer que la persona sea lo que el docente quiere, sino que sea en grado excelente aquello que está llamada a ser […] Para eso, el docente tiene que dar respuesta a las características del dinamismo personal que permite el encuentro: acoger al otro y darse al otro». (X.M. DOMÍNGUEZ PRIETO, Ética del docente)




Todos hemos experimentado, en mayor o menor medida, que educar es todo un reto, es un desafío. Supone poder despertar hambre, despertar preguntas, interés, deseos de aprender y crecer, tanto en el alumno como el docente. Y desde ese deseo, ponernos a caminar juntos para descubrir respuestas y tomar decisiones por mí mismo. Educar es sinónimo de acompañar, recorrer con el alumno un camino de encuentros significativos -también de desencuentros-, poniendo en juego ese despertar, descubrir, decidir que convierta al alumno en protagonista de su formación.


El encuentro se convierte entonces en el núcleo de cualquier proceso formativo, atiende a la integridad y unidad de la formación, y viene posibilitado por el diálogo y el acompañamiento. La responsabilidad del formador incluirá el despliegue de las condiciones necesarias para que esos encuentros sean verdaderamente educativos.


Y la primera condición para poder encontrarnos con el otro es nuestra mirada. Todos hemos tenido la experiencia de esas miradas capaces de sacar lo mejor o lo peor de nosotros mismos. Una mirada reduccionista limita, encasilla, etiqueta, tanto al alumno como al profesor; una mirada posibilitadora abre a la confianza, amplía horizontes, regala alas para poder volar y crecer juntos.


La mirada impacta en todos los ámbitos, pero especialmente en la relación educativa, en ese vínculo que estamos llamados a crear entre el alumno y el profesor. De esta manera, la primordial tarea educativa de cualquier docente es aprender a mirar. Es una tarea ineludible en cualquier proceso de crecimiento y elemento indispensable para el encuentro.

La mirada sobre la realidad es lo que capto de ella, la fotografía que hago de lo sucedido, cargada no sólo de hechos o datos objetivos, sino también de impresiones, sentimientos o emociones de los que a veces no soy ni siquiera consciente. Mirarte es descubrir el valor que tienes ante mis ojos, lo que significas para mí. Puedo mirar al otro como un cliente, y puedo mirarle, además, como una persona llena de ilusiones, deseos, temores. ¿Qué veo realmente cuando miro a mi alumno, a este alumno en concreto de 16 años, con nombre y apellidos, que me reta de forma permanente en el aula? ¿Una carga, algo pesado que soportar… alguien en pleno proceso de maduración? Y más aún, ¿qué veo cuando me miro a mí mismo? Veo a alguien que tiene que dar respuestas a todo y a todos, de forma rápida, inmediata, perfecta, como si fuera un google-human… O llego a descubrirme también como docente lleno de posibilidades y limitado al mismo tiempo.


Si nos quedamos sólo en el primer significado, en lo primero que aparece ante mis ojos, podemos caer en reduccionismos que limitan a la persona a una mera etiqueta, la encierran en una idea más o menos acertada en nuestra cabeza que no la dejan ser ni crecer. Por eso es tan importante como punto de partida en toda relación educativa, preguntarnos en clave personal: ¿qué miro en ti?, ¿en qué me fijo? ¿qué no estoy viendo de ti?


Muchas veces encontramos miradas que reducen la experiencia educativa a una mera transmisión de conocimientos. O que atiende sólo a lo que puede ser medido, demostrado, controlado. Otras, comprobamos la facilidad de dejarse llevar por la inercia de etiquetar a alumnos, padres de familia, compañeros en la misión, limitando la relación y provocando incluso desencuentros en nuestras comunidades educativas.

Proponemos una mirada profunda, ampliada, que nos permita descubrir la grandeza de cualquier persona, con sus potencialidades y limitaciones, poniendo entre paréntesis nuestras primeras impresiones o pre-juicios. No se trata de prescindir del juicio, sino dejarlo abierto para que no pretenda ser la última palabra sobre los demás.

Podemos ofrecer entonces una mirada que se asombra, capaz de ver la luz que todos llevamos dentro, en medio de las sombras que también nos acompañan. Sin encallarse en el error o la debilidad. Una mirada así tiene al alumno en el centro, porque busca descubrir, no valorar ni juzgar. Esta actitud de asombro es condición sine qua non en toda labor educativa. Exige ir más allá de lo que aparece ante nuestros ojos y tomar la decisión de querer asombrarnos ante el alumno, preguntándonos qué motiva esa mala palabra, esas calificaciones, esa generosidad…

Una manera de mirar así es capaz de desentrañar el deseo de verdad, bien, bondad y belleza que toda persona lleva inscritos en el corazón, aunque a veces esté adormecido o anestesiado. O incluso se manifieste de forma malsonante, radicalizada, incómoda para el formador. Son en estas ocasiones donde la mirada del formador tiene que agudizarse más y llegar a la profundidad del corazón del alumno. En definitiva, una mirada cordial, de corazón a corazón.

El formador está llamado a ser ese alguien capaz de regalar a sus alumnos una mirada transformadora, una mirada posibilitadora de encuentros significativos.


En síntesis, podríamos afirmar que nuestra mirada es al mismo tiempo un gran regalo que puedo regalar y una gran responsabilidad que debo ejercitar. Mi mirada es necesaria, de la misma manera que necesito la de los demás para descubrir juntos la grandeza y belleza de lo real, de cada alumno. Mi mirada está llamada a cambiar mi vida y la de los demás.


Sonia González Iglesias

CEO/Fundadora Transformación SGI

para "Miradas de la educación"

Desde una metodología experiencial 3D (Despertar, Descubrir, Decidir), acompaño a personas, equipos e instituciones en sus procesos de transformación cultural, centrando la mirada en las relaciones.

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