La educación: una labor de contrastes.

Por Santiago Bellomo, Decano de la Escuela de Educación de la Universidad Austral, para "Miradas de la educación".

La educación Argentina transita desde hace varias décadas por un camino sinuoso y ambivalente. Hay recovecos del sendero que nos llenan de tranquilidad y sosiego, y otros que son oscuros y lúgubres. Los primeros suelen cobrar poca notoriedad, pero no por ello merecen descrédito: en toda escuela hay docentes ejemplares que despiertan admiración por parte de sus alumnos y sus pares. Contagian su entusiasmo y siembran vocaciones. Algunos, sin quererlo, se convierten en tutores o, incluso, sostenes emocionales de sus alumnos y sus colegas en momentos de desolación. Además de docentes ejemplares, también hay muchos alumnos en cada escuela dignos de admiración y elogio, que dejan todo en la cancha para honrar la confianza y expectativa que sus padres y docentes depositan en ellos.

Nuestro país no carece de proyectos innovadores ni de emprendimientos de tecnología educativa que compiten entre los primeros lugares en los premios internacionales. La pandemia generó, además, un impulso importante de actualización en el manejo de herramientas tecnológicas y despertó nuevos entusiasmos docentes. Lentamente empezaron a cambiar los modos de estructurar las clases y la misma dinámica escolar.


El sistema superior argentino mantiene su prestigio en Latinoamérica, y son cada vez más los extranjeros que ocupan sillas en aulas, físicas o virtuales. Un universo significativo de profesionales argentinos destaca en el país y en el exterior por su calidad profesional y humana.


En contraste, los pasajes lúgubres del sendero educativo son bien conocidos. Como un termómetro que marca fiebre, los indicadores de las pruebas nacionales de Matemática y Lengua son alarmantes, marcan que las cosas no están del todo bien. Si consideramos la comparación 2018-2021, en Lengua, la caída en la cantidad de alumnos que lograron desempeños satisfactorios o avanzados roza los 20 puntos porcentuales; en matemática esta caída es de 2,6 puntos porcentuales. La diferencia no debe engañarnos: el deterioro en matemática ya era notorio en la prueba de 2018. En 2021, menos de la mitad de los alumnos de escuelas públicas lograron alcanzar resultados mínimos satisfactorios.


Los indicadores ratifican la existencia de una profunda brecha entre el sector de gestión pública y privada. Aunque ninguno de los dos sectores se salva del deterioro. Como consecuencia, en Argentina solo 53 de cada 100 estudiantes llegan al último año de la secundaria en el tiempo esperado. Apenas 16 de cada 100 terminan a tiempo y logran niveles satisfactorios de aprendizaje en Lengua y Matemática.

Esta brecha también tiene lugar en materia de acceso a tecnología educativa. Cuatro de cada diez estudiantes de escuelas secundarias de gestión estatal tienen acceso a computadoras personales en sus casas. En contraste, los alumnos de escuelas de gestión pública tienen acceso al doble. Los datos son similares cuando analizamos la conectividad. Sólo el 40% de los primeros tiene acceso a condiciones que aseguran una experiencia de aprendizaje satisfactoria. En cambio, ocho de cada diez estudiantes provenientes de un entorno vulnerable accede a internet a través de su celular, seguramente utilizando su propio y limitado paquete de datos.

En educación, como en otros campos, la Argentina es un país de claroscuros. Es productor de talentos emblemáticos y de fracasos estrepitosos. En su geografía educativa conviven paisajes de ensueño con escenarios lastimosos. Pero esta ambivalencia, aunque acentuada, no es privativa del contexto educativo argentino. De algún modo, está en la naturaleza la labor de todo educador. La docencia es una vocación de contrastes, como la del joyero. Para extraer piedras preciosas hay que saber convivir con la suciedad, el cansancio y la oscuridad. Incluso una vez hallado, hasta el más delicado diamante en bruto necesita ser pulido para que pueda extraérsele todo su brillo. Pero cuando finalmente logra ser traspasado por la luz y esta rebota en su interior, hace resplandecer todo a su alrededor, como los buenos alumnos.



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